Aquellos pequeños egoístas

Dicen que Charles Darwin dedicaba una hora al día exclusivamente a la reflexión. Quizá gracias a esto consiguió dar una respuesta coherente a uno de los grandes misterios que rondaron las cabezas de diferentes pensadores a lo largo del tiempo: ¿Por qué somos como somos? o, yendo un poco más allá, ¿Por qué existe la gente?.

Con su propuesta Darwin consigue explicar mediante la selección natural cómo lo simple pudo tornarse en algo complejo. Aunque formuló su teoría como la “supervivencia de los más aptos”,  se puede extrapolar a una ley más general referente a la “supervivencia de lo más estable”.
Para entender todo esto, como siempre, lo mejor es empezar por el principio. Si retrocedemos en el tiempo unos cuantos miles de millones de años, nos encontraremos con un planeta en pañales donde el panorama principal son constantes reformas geológicas, volcanes furiosos y días para quedarse en casa. Aunque pueda parecer una visión típica, nos sirve para empezar. Imaginemos que en esa tierra primitiva hay ciertos compuestos básicos como pueden ser el agua, el dióxido de carbono, el metano o el amoniaco; gracias a la química sabemos que esos compuestos pueden reaccionar entre sí en determinadas  condiciones para dar productos más o menos estables. Si en ese momento tomásemos una muestra de ese “caldo primitivo” encontraríamos una diversidad de moléculas en una proporción correspondiente a la esperable por simple azar -diferente a la esperable por selección natural-, queda pues un ingrediente para que podamos poner en marcha el motor de la evolución.

En algún punto de la fiesta molecular de nuestros océanos arcaicos, acudió por pura casualidad una molécula especial que se diferenciaba de las demás por la increíble capacidad de hacer copias de sí misma. De entrada puede parecer improbable que dicha molécula se formara por azar, (igual de improbable -o más- que encontrar trabajo sólo con un Grado en Biología), sin embargo tenemos que tener en cuenta que la tierra ha tenido mucho tiempo para “echar currículums” de manera que a base de intentar e intentar, lo acabó logrando.
Con la llegada de este replicador las reglas de juego cambiaron. Comenzaron a esparcirse infinidad de copias de la misma molécula aprovechando la disponibilidad sin competencia del resto de recursos. Si el proceso de copia fuera perfecto, nos hubiésemos encontrado en el punto de que la gran mayoría de las moléculas serían iguales, sin embargo esto no ocurrió debido a que en el proceso de copia se cometían errores que originaban “copias modificadas”. Así, el caldo se vio poblado por una diversidad de replicadores que competían por los mismos recursos limitados. Es en este punto, en la competencia directa para lograr reproducirse, donde se observa la presencia clara de la evolución. Las moléculas que mejor se adaptaran son las que tendrían éxito. Por ejemplo, las que fueran más longevas y pudieran replicar durante más tiempo, las que fueran más veloces haciendo la réplica, o bien las que fueran más precisas y no perdieran descendientes en errores. De hecho, lo esperable es que se seleccionen las moléculas que reunan el conjunto de estas tres características.

Ahora que os he presentado las bases de la evolución, os puedo hablar de “esos pequeños egoístas” que nombraba en el título, y deciros qué pasó con esas moléculas cambiantes.
Pues bien, cerca de 4.000 millones de años después los  replicantes siguen existiendo, pero han cambiado un poco sus estrategias de supervivencia, ahora se encuentran dentro de ti, de mí o de cualquier ser vivo, son las moléculas de ADN. Cada ser vivo tiene en cada una de sus células la información necesaria para el funcionamiento y desarrollo del propio organismo; esta información se encuentra codificada en un lenguaje molecular de cuatro nucleótidos de manera que cada una de las posibles combinaciones (A, C, G, T) dará lugar a una actividad diferente llevada a cabo por una proteína determinada. Cuando tenemos un conjunto de código con una función determinada y limitada, la denominamos gen, además el gen es la unidad básica en la que opera la selección natural. Esta simplificación nos llevaría a error en ciertas ocasiones pero es necesaria para explicar lo que viene.

En 1976 el Zoólogo Richard Dawkings publicó una obra titulada “El gen egoísta”, en la que interpretaba de manera curiosa y ortodoxa  la teoría de la evolución de Darwin. La idea central de su teoría es que somos máquinas de supervivencia creadas por

El gen egoísta

nuestros genes para transportarlos de una generación a otra hacia la posteridad. Según Dawkins, estos genes son egoístas, -no es un egoísmo consciente como un niño que no comparte sus juguetes, sino que se refiere a “aumentar las oportunidades de supervivencia a costa del perjuicio ajeno“-. Podemos entender que en un mundo competitivo las estrategias egoístas generalmente traerán beneficios directos a los organismos que las practiquen. Por ejemplo, el conocido caso de la mantis religiosa, en el que una vez acoplado el macho, la hembra no duda en intentar arrancarle la cabeza para obtener un buen complemento nutritivo, o cierto tipo de gaviota que aprovecha el descuido de los nidos de sus vecinas para darse el atracón sus crías. Dicho en otras palabras, nuestro papel en “esto de la vida”, es el del atleta que pasa el testigo (información/gen) a su compañero (descendencia) y deja de correr (muere), además si por el camino hace tropezar a los otros corredores, mejor.

Dawkins le da la “vuelta a la tortilla” en el sentido de que antepone la información al individuo, de manera que somos sus vehículos, adaptados a cualquier tipo de ambiente, somos el producto o la expresión de su información para luchar por ellos contra la adversidad del ambiente y permitir que sobrevivan. Sé que de primeras suena un  poco ridículo, sin embargo, cueste aceptarlo o no, desde el punto de vista de la evolución tiene sentido.
Una de las implicaciones de esta teoría que mayor polémica causó fue que el hecho de que nuestra “maquinaria cerebral” -con la que tomamos las decisiones- está, al fin y al cabo, desarrollada por nuestros “planos genéticos” lo que significa que por definición estaríamos programados por nuestros genes. Parecería entonces que desde esta teoría todo lo que hacemos,  lo hacemos para finalmente  cumplir los objetivos “vitales”, sin embargo, según Dawkins la influencia de los genes en el comportamiento es más sutil y compleja. Pensemos en un programa informático, por ejemplo un juego de ajedrez. Dicho programa ha sido diseñado para responder a todo tipo de jugadas, estrategias y jugadores, pero si pensamos en el total de posibilidades veremos que sería imposible abarcarlas todas una por una, por ello lo que se hace es dar unas pautas de comportamiento, unas reglas de juego que permitan desenvolverse al programa y adaptarse a las condiciones concretas de la partida. Esas reglas serían la base de su comportamiento y mediante el aprendizaje cada vez se conseguiría solucionar los problemas que surgieran.

¿Libre albederío?

Así como en el programa informático hay unas líneas de código básico, en nuestro comportamiento hay ciertas pautas para poder reaccionar ante cualquier suceso. Esto es un punto clave ya que quién toma la decisión en última instancia es el individuo, y aunque sea acorde con las reglas de juego,  tiene libertad (dentro de sus limitaciones) para elegir lo que él quiera. Por lo tanto según Dawkins, aunque nuestros genes “quieran que seamos” egoístas, nosotros podemos revelarnos ante esa realidad y decidir, ser generosos y altruistas, decidir ser más humanos.

¿Qué opináis vosotros?

Para saber más/ bibliografía:  El gen eogísta, Richard Dawkins

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4 responses to this post.

  1. Posted by Mero on agosto 16, 2011 at 12:27 pm

    Nunca había leído nada de las bases de la evolución presentadas así (aplicando la teoria de la evolución darwiniana a el principio de todo, con las moléculas de replicacion, proteinas, nucleotidos y todo eso…), pero está bien
    a lo mejor algún día me leo el libro de Dawkins =)

    PD: si te parece curioso el que Darwin dedicase un hora exclusivamente a reflexionar al día, imagínate lo que es programar todos los días de tu vida hora por hora (basicamente la actividad principal era el estudio), sin mas de 15 minutos sin programar, como Burrhus Frederic Skinner, psicólogo del aprendizaje

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  2. Posted by Súper on agosto 22, 2011 at 9:48 pm

    Comentario quisquilloso: ahora parece que la primera molécula replicadora fue el RNA, mucho menos rígida, y que posteriormente surgiría el DNA al estabilizarse estas moléculas 😉

    Por cierto, que he escuchado en mi universidad católica ugerencias de que bien el paso de las moléculas orgánicas primeras al replicador fue la obra de Dios, bien que el paso del unicelular al pluricelular fue en un momento que se aburría el Omnipotente también.

    Se admiten opiniones!

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  3. Posted by Javi on noviembre 29, 2011 at 10:47 am

    Me ha parecido muy interesante, comencé a leerme el libro pero aún está en la mesilla… Es una gran lente a través del cual ver el mundo, no está mal utilizarla de vez en cuando

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